Se iba haciendo de noche y las sombras crecían, cada vez más oscuras, entre los árboles. Era un paisaje triste. Las hojas ya no brillaban como antes y no eran ni amarillas. Se estaban volviendo marrones.
La lluvia caía lenta y pesadamente.
Se incorporó ciñéndose la chaqueta para abrigarse mejor.
Miró desafiante a la oscuridad, entre los abetos. La lluvia trazaba líneas paralelas en el aire.
Era casi de noche y la lluvia no paraba de caer. Debía darse prisa. Entonces empezó a andar rápidamente.
Ya podía ver la cabaña, allá en el claro, pequeña, gris, agrietada.
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