Hasta que no estas ahí arriba, observando el fluir del río, no sabes a que velocidad corre el agua.
A diez metros de altura la realidad no se aprecia igual. Cuando te acercas para ver mejor el desnivel, sintiendo el borde que limita el hormigón del aire, eres consciente de lo que realmente puede suceder si algo malo pasa.
Notas la adrenalina en las venas y el viento en la piel, sabiendo que no queda tiempo ya. Algo tira de ti para saltar, algo fuerte que intentas eludir pero no puedes.
No es hora de pensárselo otra vez, porque ya has dado el paso y empiezas a caer.
En el momento en el que no hay tierra bajo tus pies y te precipitas al vacío, te invaden unas fuertes ganas de volar, sintiendo una breve libertad en las entrañas. Tus pulmones expulsan en un grito ahogado el aire contaminado de su interior.
Cuando tu cuerpo impacta sobre la superficie acuosa, todavía no eres consciente de ello, hasta que miles de agujas se clavan lentamente.
Sumergida del todo, el momento de llegar arriba y tomar aire se hace eterno... Esa bocanada nueva sabe a euforia dulce.
Y aunque todo tu cuerpo tiemble de manera violenta, sientes que eres el dueño de ti mismo.
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